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Del 32 sin 1932

Dr. Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

 

 

I. “Actividad literaria de 1932”

Me pregunto por qué razón al hablar del 32 se omiten las publicaciones de 1932. Un simple listado de las obras de este año clave se halla ausente de casi todos los libros de historia. No habría contacto entre la literatura y la sociedad, entre lo que se dice y lo que se hace.

La hipótesis de tal falta es simple. La conciencia contemporánea de los hechos restituye los hechos del 32 a su arbitrio. Omnipresente, la actualidad se imagina testimonio del pasado. Los simulacros letrados contemporáneos sustituyen los escritos que elaboran quienes viven los sucesos de cerca. En esta conciencia tardía se revelan hechos nunca dichos, a la vez que se oculta toda evidencia incómoda.

El avance que se logra en materia social se pierde en materia intelectual. Interesa reconstruir la revuelta y su represión pero se olvida la manera en que la cuestión social se refleja en la conciencia histórica letrada de la época. La historia social oculta la historia intelectual. Se trata de hacer creer que la restitución actual de los hechos sociales la viven tal cual todos los círculos sociales de 1932. El intelectual del presente reemplaza al intelectual de 1932.

Salvo unas cuantas publicaciones, casi toda “la actividad cultural en el año de 1932” se halla ausente de la discusión historiográfica sobre el 32. La propuesta de la historia es anti-testimonial. Entre más se aleja el sujeto histórico de la vivencia tanto más adecuada resulta su narración. Prueba de ello es que casi nadie habla de los eventos del 32 con documentos de 1932.

La reseña de la actividad cultural de ese año en la capital la realiza Juan Felipe Toruño. Su comentario lo publica la Revista del Ateneo en 1932 y luego la reedita el Boletín de la Biblioteca Nacional dos años después. Ni este resumen ni las publicaciones que comenta aparecen en los libros de historia recientes.

Sólo si la literatura salvadoreña actual no tendría nada que ver con la actualidad, tampoco la de 1932 referiría el 32. Acaso, al igual que para esa fecha clave, en un medio siglo sabremos transcribir con certeza la experiencia que vivimos hoy. Todo lo que decimos de nuestra actualidad sería un fiasco. He ahí el postulado de la historia en boga.

La conciencia histórica, letrada del presente sustituye la del 32. Reitero que ninguna obra ni revista que cita Toruño aparece en los libros más doctos que reconstruyen los eventos a la distancia. La evidencia que 1932 colecta del 32 se silencia. Se acalla para que el presente la sustituya a su arbitrio político y la ajuste a sus ideas omnipresentes.

Ni el “fulbultaje musical” entre Gnarda y un teósofo de renombre, ni La torre del recuerdo, poesías de Francisco Herrera Velado, También los indios tienen corazón de Roberto Suárez Fiallos, Pájaros sin nido de Pedro F. Quiteño, Sandino de Gustavo Alemán Bolaños, el folclor indigenista de Francisco Espinosa, , la narrativa de Manuel Quijano Hernández, ni el teatro de Chepe Llerena —ejemplo de obras claves de 1932— las menciona una mirada retrospectiva que inventa el pasado a su semejanza.

Tampoco se cita una revista nodal: Dharma. Órgano de la Sociedad Teosófica Teotl (noviembre de 1932), dirigida por Rafael Heredia Reyes, un diplomático del régimen del general Maximiliano Hernández Martínez, también miembro de la Logia (Cypactly, No. 14, 15 de abril de 1932). Ni se refieren las revistas Hacia la Cumbre (editada en Izalco por Alfonso R. Muñoz), Cuscatlán (dirigida por Enrique de la Flor), El Salvador Gráfico, Reforma Social (dirigida por Adolfo Pérez Méndez), El Sol (“periódico de ideologías avanzadas” dirigido por Arturo Ambrogi), etc. Los tachones de la historia son tan múltiples y complejos para citarlos en su totalidad.

Ya se sabe que los escritos y las lecturas de 1932 jamás le concernirían al 32. La “actividad cultural” de un país —“la intelectualidad y el arte en Cuscatlán”— jamás reflejaría la historia de El Salvador. Parece que así la historia justifica la ausencia, la de una historia sin historiografía.

II. Del tachón de la documentación primaria

Otras fuentes primarias del martinato que se hallan ausentes de casi todos los tratados en boga se intitulan A. B. C. (1932), Ahora (1938-1951), Actualidades: la revista de todos (1933), Amatl. Correo del Maestro (1939), Antena (1934-1935), Ateneo. Revista del Ateneo de El Salvador (1912-1933; 1940-1958), Boletín de la Biblioteca Nacional (1932-1946), Boletín de la Policía Nacional (1932), Boletín Estadístico (1934), Cypactly, Revista de Variedades (1931-1952), Dharma. Órgano de la Sociedad Teosófica Teotl (noviembre de 1932; Cypactly (No. 14, 15 de abril de 1932) establece un vínculo directo entre el director de la revista y de la Logia, Rafael Heredia Reyes, con la diplomacia del régimen del general Martínez, miembro de la Logia), Diario Nuevo (1933-1944), Guión (1938), Diario Oficial, (1932-), Hermes. Revista de Ciencias (1934-1937), La República, Suplemento del Diario Oficial (1932-1944), Repertorio Americano, Revista del Banco Central de Reserva (1934-), Revista de la Escuela Normal de Maestras (1933-1936), Revista El Salvador. Órgano Oficial de la Junta Nacional de Turismo (1935-1939; dirigida por Luis Mejía Vides, hermano del pintor indigenista, José), Atlahunka, Revista Mensual Ilustrada (1936-1939), Tzunpame (1941-1948), Vivir (1932-; dirigida por Alberto Guerra Trigueros, director de Patria e ilustrada por Cáceres Madrid, “fiel retrato de nuestra sociedad en “él [= Patria] hay patriotas”), etc.

Hay más omisiones y silencios. Lo propio de la memoria y de la historia es el olvido. En el extenso señorío del desdén, florece el interés conjunto de la Universidad de El Salvador, del Poder Ejecutivo de la Nación y del periódico Patria por conmemorar el centenario de la muerte de Johann Wolfgang von Goethe y de José Matías Delgado (Torneos universitarios (1932), 1933 y Diario Oficial, 6 de octubre y 11 de noviembre de 1932).

Para “el diario “Patria” (a cuya redacción pertenezco) [—declara Salarrué— y] para la rectoría de la Universidad”, el homenaje trasciende todo recuerdo de los eventos de enero. La conmemoración articula la doble liberación, espiritual y política, por la cual “lucha el gobierno con el apoyo del pueblo salvadoreño”. El arte y la política superan todo desastre.

Entre otras publicaciones, las revistas se esconden por razones políticas re-volucionarias, es decir, para que el eterno retorno de lo mismo marque el cambio político más radical que imagina el presente. No hay cambio sin continuidad, en un entrañable enlace de los opuestos complementarios.

Las imágenes del martinato regresan renovadas a instruir los impresos de sus críticos. Resuelven la disparidad política en una estética. La discordancia partidaria la disipa un mismo régimen de sensibilidad indigenista y regional. Basten la ilustración siguiente —“Cheje” de Salarrué— y la prueba que José Mejía Vides diseña la revista oficial de la Junta Nacional de Turismo (1935-1939) y el libro Panchimalco (1959) de Alejandro Dagoberto Marroquín. En unión de los opuestos, hay una sola estética o sistema de visibilidad artística, a derecha e izquierda.

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Cypactly, No. 17, junio 22 de 1932. Las ilustraciones originales de todo “Cuento de barro” de Salarrué las realiza Luis Alfredo Cáceres Madrid y García V. Se trata de un dato esencial, olvidado, que establece un vínculo estrecho entre la imagen y la palabra en la escena artística de 1932.

 

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Ante una tabula rasa imposible, ante la tragedia de borrar la experiencia artística del pasado nacional, la historia elige el silencio de casi toda la documentación anterior. De recabar esos informes se reconocería la disparidad entre lo que 1932 (no) dice del 32 y los hechos que el presente restituye. Se mostraría el vacío entre la cercanía de los hechos y su lejanía. Esta laguna es tema tabú. Entre menos documentos de 1932 se exhiban tanto más el presente se ilusiona en representar el 32.

El silencio permite eximir a todos los intelectuales que respaldan el golpe de estado de diciembre de 1931 —el que casi nadie denuncia. También absuelve a quienes apoyan al mismo gobierno durante los meses que siguen a la matanza —la que casi ni se anuncia. Como ejemplo típico, el siglo XXI tacha la orden que Salarrué le extiende al estado para sofocar la revuelta de enero (véase: Boletín de la Biblioteca Nacional para la acción teosófica conjunta —del artista y del estado— por una “política de la cultura” o del “espíritu).

“El Gobierno del país, integrado ahora por elementos de una clase social intermedia […] está llamado a desempeñar un papel de Paternidad para sosegar [a los revoltosos de enero de 1932] y luego de Maternidad para curar las resultantes de la refriega. Al mal inmediato, urgente remedio; aunque de naturaleza casuística” (Salarrué, “Los que no entendemos el sentido común”, S/fecha, S/editorial, cortesía de Ricardo Aguilar).

Al lector de descifrar “el sentido común” de las dos expresiones confidenciales. La “paternidad para sosegar” significaría ¿cierto castigo o represión militar que aplaca los ánimos exaltados?; y la “maternidad para curar”, ¿cierta compasión educativa para reorientar a los descarriados?

¿El padre-estado sanciona con el ejército, mientras la madre-nación se apiada con la instrucción pública y la “política de la cultura”? Al lector de juzgar el doble enigma, antes de que, disfrazado de Esfinge-Euralas, Salarrué le devore las entrañas. Pero sea lo que fuere, ante el silencio de la receta familiar que el escritor le recomienda al gobierno, sucede lo obvio.

Lo obvio se llama el retorno de lo reprimido lo cual se produce bajo la forma de un fantasma. El espectro se llama general Maximiliano Hernández Martínez. Martínez no regresa en persona como sucede en 1955 cuando, con beneplácito, lo recibe el gobierno del coronel Óscar Osorio.

En ese año, a un cuarto de siglo de 1932, nadie lo acusa de los eventos de enero. La conciencia de los hechos aún hiberna entre las sombras del olvido. A lo sumo, las protestas universitarias lo acusan de perpetuarse en el poder por la fuerza en 1944. Los crímenes urbanos del 44 ocultan toda memoria de la matanza rural doce años antes, la del 32. Pero esta vuelta impune la conciencia histórica del XXI jamás lo considera. No lo reconoce para imaginarse conciencia única y eterna del pasado.

El retorno actual no ocurre de esa manera tangible. En el 2011, el general Martínez no regresa en carne y hueso como en 1955. Vuelve invisible. Vuelve disfrazado bajo el legado intelectual que, según las revistas tachadas, él mismo apoya a editar y a difundir en el extranjero. El martinato reaparece por el rescate que la izquierda —museos, publicaciones, etc.— realiza de una política de la cultura, mientras disimula bajo el tachón el nombre del mecenas.

El general Martínez respalda las revistas borradas porque los intelectuales que escriben en esas publicaciones —tal cual Salarrué— pertenecen a la misma Logia Teotl. Los artistas comparten sus mismas ideas sobre el origen atlante de los indígenas y sobre el carácter esotérico de su lengua. El idioma náhuat-pipil primigenio copia el mundo, de igual manera que el presente calca la política de la cultura de quien declara enemigo.

Pero ahora resulta que el entendimiento entre el intelectual y el poder debe silenciarse para utilizarlo en este nuevo milenio como modelo de un cambio indigenista. La historia social del siglo XXI —la que ignora la historia intelectual— tacha adrede toda la colaboración artística y cultural durante el martinato. La borra para hacerla suya, para inventar que la política cultural del general Martínez es liberadora, ignorando las fuentes primarias antes citadas.

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III. De la beatificación del enemigo

En toda su reverencia, el argumento en boga hace del general Martínez un dictador todopoderoso. Controla las mentes y los deseos del conjunto de la sociedad salvadoreña y la entera creatividad de los intelectuales. Por una santificación en negativo, su omnipotencia haría que todos los estamentos sociales se sometan a su proyecto de nación y, por trece años, permanezcan en el silencio. Hay una devoción contradictoria por su figura insigne y diabólica.

Para rebasar tal fervor se necesita una historia menos beata que no santifique al amigo ni demonice al contrincante. El general Martínez es un héroe en negativo, causante de todos los males del 32 y de los años siguientes. Se trata de un “Cristo negro” en el sentido salarrueriano —un chivo expiatorio— ya que provoca todos los pecados del mundo.

De nuevo, se omite la documentación que invalidaría la beatificación diabólica del general Martínez, omnipotente en su poder opresor para la mentalidad actual. Las redes intelectuales anti-imperialistas mexicanas lo apoyan sin que él las controle. Pero nadie cita el libro clave de Vicente Sáenz, Rompiendo cadenas (1933), para no desmentir la tesis piadosa en boga, la del dictador todopoderoso.

Los círculos anti-imperialistas aplauden “con intensa emoción patriótica la actitud de Costa Rica y de El Salvador por no seguir de hinojos” ante los EEUU (Sáenz, 289). Desde México saludan “la actitud enérgica de los salvadoreños” —la que lidera el general Martínez— semejante en su lucha al “ejemplo de Sandino” (293). Y hacia enero de 1933, Sáenz verifica que los “escritores de prestigio [de El Salvador] se muestran satisfechos por la actitud del Gobierno” (227).

En 1932, la equivalencia entre el martinato y el sandinismo la confirma la revista Cypactly (Nos. 8 y 13, 8 de diciembre de 1931 y 20 de marzo de 1932). Su “tribuna del pensamiento libre de América” honra al general Martínez —quien “restablece el imperio de las leyes y la tranquilidad del país”— y a su Ministro de Gobernación, Sanidad y Fomento, el general Salvador Castaneda Castro junto al general César Augusto Sandino. Ambas acciones políticas se identifican por su nacionalismo y anti-imperialismo.

Tal vez el general Martínez controla las mentes de los sandinistas que lo apoyan. Entre ellos se cuentan Juan Felipe Toroño, quien años después apoya el despegue de la generación comprometida, Gustavo Alemán Bolaños, biógrafo de Sandino en 1932, quien estrecha la mano de Farabundo Martí en la cárcel y le reconoce su servicio al general Sandino, y el propio padre del general Sandino, quien califica al general Martínez de gestor de la paz y de la justicia en el istmo. Según el 2011, hasta la presunta izquierda radical se doblegaría ante la omnipotencia del dictador.

Nadie menciona que Gabriela Mistral acaba de visitar el país en septiembre-octubre de 1931 para defender acciones indigenistas semejantes a las que organiza el gobierno revolucionario mexicano. Su desembarque el 19 de septiembre de 1931 lo paga el gobierno del general Martínez de manera retrospectiva (Diario Oficial, 23 de junio de 1933).

En 1933 Mistral se halla en Italia. Publica en Chile y en Costa Rica. Defiende el sandinismo y escribe un artículo sobre El Salvador sin referirse al general Martínez ni al 32. Acaso se pensaría que su silencio cae bajo la esfera de dominio del presidente, quien controla todos las publicaciones latinoamericanas, desde México hasta el cono sur.

Tampoco se habla de las misas de acción de gracia que ofrece la iglesia católica en El Salvador, Guatemala y Panamá, ni de la denuncia eclesiástica en Honduras de la revuelta “destructiva” del 32. Quizás también se pensaría que las dictamina la voluntad del general. La historia suprime que “en solemne misa en el portón de la Catedral de San Salvador a la iglesia católica le corresponde “bendecir al Gobierno, Cuerpo del Ejército, Guardia Nacional, Guardia Cívica y Cuerpo de Policía General, por su noble y patriótica actitud en defensa de la sociedad salvadoreña, de las instituciones patrias y de la autonomía nacional” (El Día, 29 de febrero de 1932). La matanza queda rociada de agua bendita.

Tampoco se recopilan los artículos en el Repertorio Americano cuyo editor, Joaquín García Monge, guarda conexiones inexploradas con Carlos Martínez Molina y los escritores de Cypactly. A lo sumo, varias voces costarricenses ignoradas por la historia salvadoreña alzan una denuncia y hablan de “matanza” al calificar los eventos de enero.

Toda esa compleja red internacional se acalla. Se esconde para desconocer adrede que la falta de condena al presunto golpe de estado de diciembre de 1931 —acto “anti-imperialista” según el Repertorio Americano en Costa Rica, opinión que reitera la de México— no lo explica la existencia de un régimen omni-represivo. Y que el silencio de los intelectuales salvadoreños sobre la matanza tampoco obedece al mismo motivo implacable. No lo manifiesta la voluntad absoluta del general Martínez.

El silencio responde a una comunidad de pensamiento teosófico y anti-comunista —entiéndase, anti-marxista— que el presente se jacta en ignorar. El presente alardea desconocerlo para calcar la política del general Martínez sin mencionar su origen. El indigenismo y el regionalismo del martinato señorean en la actualidad sin mención del calco.

Hay un hiato insalvable entre el sentido común de los historiadores sociales y la documentación que, de la historia intelectual salvadoreña, se niegan a consultar. Las “ideologías” que “ayud[an] a crear las condiciones discursivas y el espacio político para apoyar las peticiones indígenas” —anti-imperialismo, “intelectuales liberales”, mestizaje, sandinismo, etc.— según las fuentes tachadas respaldan al general Martínez (Gould, y Lauria Santiago, To Rise in Darkness, 49). Si según los historiadores citados el prototipo del indigenismo lo encarna Miguel Ángel Espino, “intelectual reformista”, en 1932 apoya al régimen por su trabajo en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

La evocación indigenista, popular, campesina —la restitución amorosa del terruño, que la izquierda del siglo XXI añora— se arraiga en la plástica y en la narrativa de las revistas tachadas del martinato. Se destierra y se asesina al dictador en Honduras —en la profundidad de una tierra “entre lava y pinos”— para que ahora resucite invisible bajo la restitución de su legado cultural. Su proyecto de nación —disfrazado de popular-liberador— se recibe con el mismo beneplácito con el cual el gobierno de Osorio abraza al general en persona en 1955.

La herencia artística del martinato posee nombres propios que el presente alaba de derecha a izquierda bajo el acuerdo común de un único proyecto artístico de nación. Arturo Ambrogi (censor de prensa), Luis Alfredo Cáceres Madrid, Alfonso y Miguel Ángel Espino (en RREE), Francisco Gavidia (poeta laureado y propuesto al Nobel de Literatura por el general José Tomás Calderón), Gilberto González y Contreras (censor de prensa y luego poeta marxista), Grupo Masferrer (M. de Baratta (folclor), A. Casamalhuapa, A. Guerra Trigueros, Rosario v. de Masferrer (pensión vitalicia del gobierno que paga los funerales de Masferrer y declara su obra “Tesoro Nacional”), etc.), Claudia Lars, José Mejía Vides, Música típica (Marimba Atlacatl), Salarrué (gestor de la “política de la cultura”), etc. ocupan salas de museos privados, de publicaciones públicas, para declarar que en su trasfondo palpita la presencia irreconocida del general Martínez. Lo acallado siempre retorna bajo la figura de un fantasma.

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Diario Oficial, 5 de septiembre de 1932

IV. Bajo la tachadura del martinato

Tachar las fuentes primarias indeseables —borrar la historia intelectual— define un proyecto virtual de la historia social. Al presente la historia se niega toda reflexión sobre las condiciones políticas que hacen posible una conciencia histórica de los hechos de enero de 1932. Falta fechar el auge efectivo de esa conciencia tardía. A propósito se ignora en qué momento 1932 se vuelve “el 32” como sinónimo de una revuelta y matanza. La conciencia actual posee una historia inexplorada.

Se escribe la historia como si la narrativa actual fuese a-histórica y datara de 1932. La laguna temporal entre la experiencia y la transcripción no afectaría el relato de lo vivido. Adrede se callan los eventos que enturbian la memoria, los cuales suceden durante ese lapso de sopor. Los sucesos bajo tachadura la perturban porque recubren la memoria histórica de una pátina de cultura popular que el presente reclama suyo. Su brillo fulgurante deslumbra casi todo proyecto de la izquierda.

El fascismo se vuelve el modelo ideal del marxismo. Al menos eso ocurre a menudo en El Salvador. Basta tachar el nombre de su mecenas —general Maximiliano Hernández Martínez— para que su proyecto artístico de nación se adecúe a las exigencias políticas de los socialistas, de los marxistas, es decir, de las más variadas posiciones del centro hacia la izquierda.

Baste un último ejemplo para concluir que las denuncias testimoniales del 32 no suceden en 1932. El prototipo del antropólogo científico de izquierda marxista, Alejandro Dagoberto Marroquín, desde la lejanía temporal y geográfica, acusa al general Martínez de la matanza y de trece años de dictadura. Esta evaluación crítica de un régimen la realiza de manera objetiva, según los dictados de la sociología, en un ensayo clásico escrito en 1968, es decir, treinta y seis años después de la matanza: Estudio sobre la crisis de los años treinta en El Salvador (1979 y varias ediciones posteriores).

Sin embargo, la exigencia de rigor científico olvida a propósito. Olvida cómo el joven Marroquín se foguea dentro de las filas del gobierno del general Martínez antes de su conversión marxista que dataría de 1937 en su tesis “Hacia un nuevo Derecho Social. Ensayo de aplicación del Materialismo Dialéctico a la Filosofía Jurídica. Propuesta de tesis de doctoramiento público (noviembre de 1937)”.

Previo al bautizo agustiniano —su viaje al cono sur en 1932— Marroquín anticipa el silencio del siglo XXI. “El bachiller Alejandro Dagoberto Marroquín” ocupa el puesto de la “secretaría de Gobernación” en el conflictivo “departamento de La Libertad” por orden del “Poder Ejecutivo”, según lo firma “Castaneda C.”, “rubricado por el señor presidente” (Diario Oficial, 25 de febrero de 1932).

No se revela el silencio en afrenta a un legado. Se manifiesta el secreto de la historia para redondear el argumento esencial “Del 32 sin 1932”. No existe denuncia ni conciencia del 32 en 1932 porque hay respaldo al proyecto de nación del general Martínez.

En su defecto hay silencio. Este apoyo y mudez son los hechos que la historia actual oculta adrede y con orgullo bajo una doble tachadura. Los omite para que en el eterno retorno de una revolución sinódica, el siglo XXI repita el martinato sin Martínez. La generación que sería del recuerdo, la generación contemporánea olvida adrede. En nombre de la memoria, raspa el hiato de 1932 para inventarse a sí misma como “generación del 32”.

**

Con esta revelación documentada —no en el prejuicio del siglo XXI, sino en fuentes primarias tachadas de 1932— no interesa la historia que disfrazada de ciencia positiva descubre y encubre los hechos a su arbitrio positivo. La historia interesa como ritual (pos)moderno de los Muertos. Le concierne restaurar a los Fantasmas y a las Almas en Pena, cuyo llanto se escucha en el trasfondo oscuro de la ciencia. ¡”Semos malos”!

No interesa la historia de los historiadores. La historia es el retorno de los hechos-Espantos que el presente acalla. Es la unión de los opuestos. La resurrección primaveral del Día de la Cruz, la primicia floral del xupan. La desaparición otoñal del Día de Muertos, la flor marchita del tunalku. El renacimiento letrado de los Muertos y su justa exhumación poética resume el sentido lezamiano de la historia.

Hago historia como deuda de un sucesor hacia los Ancestros. No hablo, insisto, de la historia de los historiadores. Hablo de la historia nuestra, los habitantes de Comala, quienes reconocemos que no hay historia sin el “estar-ahí (Dasein) de un Muerto”. De un Difunto cuya memoria gravita, cual Alma en Pena, durante el discurso narrativo y científico de los seres vivos. El tránsito ritual de los Muertos, su conversión en Antepasados, es uno de los primeros actos de la historia.

A diferencia de toda facultad de historia, en Comala, no hay historia sin Muerte. No hay historia que no encare la Muerte. Y fuera de todo tabú científico por hablar de la Muerte, la historia es el aullido del Silencio. El murmullo sordo de la Muerte. El de una Muerte que no muere. La Muerte no desfallece porque retorna invisible bajo la figura de un Fantasma. De un Espectro que la comunidad de historiadores deifica al jamás nombrarlo en vano.

Hay una historia del Silencio. La conciencia histórica de 1932 que silencia el 32. Y hay otra historia que silencia el Silencio. Silencia la conciencia histórica de 1932, que silencia el 32, y el compromiso político de los intelectuales con el general Martínez para copiar su proyecto artístico de nación en el presente.

Hay también otras historias anegadas en el sollozo. Sin un alfabeto que las transcriba.

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Nótese la semejanza entre la foto de la multitud y el óleo “Reforma agraria” de Pedro Ángel Espinoza que se halla en el Museo de Arte (Marte)

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